A pesar de haber pasado muchas veces por el cruce de Benamargosa que nos indica su dirección, nunca tomamos ese camino hacia el oeste y no sé porqué. Pero las cosas pasan cuando tienen que pasar, tal vez porque tuvimos como cicerone a nuestro amigo Parra, quizás porque la fiesta cutareña nos estaba esperando…
Siempre que vamos a Comares lo hacemos por la autovía hasta la desviación de Olías y, desde ahí, hasta el cruce de La Bolina, Santo Pitar y Los Ventorros, pero el regreso lo solemos hacer desde el puerto de La Bolina por la carreterilla que desemboca en Venta Galwey, y por la carretera de los Montes hacia el Puerto del León, la Fuente de la Reina para desembocar, unas veces por Olletas y otras por el atajo que va a Mangas Verdes, buscando la autovía de Málaga hacia Alhaurín de la Torre. Casi siempre llevamos la furgoneta de gasoil de Jesús, que gasta menos, pero ayer llevamos mi cochecillo -cinco plazas, si están flacos los invitados- para poder juntos hacer la ruta establecida. 
El día era más propicio dentro del coche que fuera, la verdad; el viento soplaba con polvo y tierra, arrastrando bolinas y ramas secas durante toda la ruta y era bastante incómodo ir a pie. Decidimos dejar La Alquería para un día menos ventoso, ya que la ruta es campo a través, y emprendimos marcha hacia Cútar. Mi compañero lleva el coche. Yo cedo a Paco el asiento del copiloto. Y, como si los pensamientos fueran uno, las tres paradas en el camino hacia Cútar fueron del gusto de todos. La primera, antes de tomar la curva que nos deja en el pueblo, desde donde se divisa Comares en su cerro, majestuosa y clara, y Benamargosa, a la diestra, como un pueblo tendido al sol. El viento nos llevaba, pero no podíamos pasar por allí sin sentir aquella altura, la precisa para que el aire que entraba en nuestros pulmones nos diera conciencia de libertad y, a la vez, de humildad ante la providencia y de satisfacción por pertenecer a la tierra más hermosa del mundo.
Cútar, atrapado entre olivos y viñedos, se recuesta sobre la ladera del cerro que lleva su nombre, mientras se baña por las aguas del Río de la Cueva y de su afluente, el Río Cútar, aguas que transforman sus riberas en fértiles huertas que contrastan con el ocre y árido paisaje de sus montes, sólo salpicados por casas encaladas rodeadas de verde, paisaje que me trae a la memoria la soleá machadiana de campo, campo, campo/ entre los olivos, los cortijos blancos. La Peña del Hierro, a su derecha, testigo de asentamientos prehistóricos, con su poblado y su necrópolis, y más a la derecha la cortina de piedra de la Sierra de Tejeda, una verdadera maravilla.
La segunda parada, obligada también por la belleza del paisaje, fue en la fuente. No han podido tener más acierto para promocionar el pueblo de Cútar que llamarlo “Fuente del Paraíso”.
Continuará.
Feliz lunes y hasta mañana.