Ayer domingo, bajo el vivo sol de febrero, salimos a conocer un rincón muy malagueño: Los Mora. Salimos de Alhaurín cuando aún era muy temprano Hacía una mañana espléndida, aunque el vientecillo estaba frío. Allá lejos, en los montes que alcanzábamos con la vista, había nieve en las cumbres y hasta media altura de sus laderas. Las sierras que conforman la hoya de Málaga -oh, redondel de piedra- tenían puntilla blanca, cuando no de nubes, de nieve. Por mi derecha, al noroeste del mapa, Alhama, la más lejana, con nieves enteramente granaínas; las intermedias, las de Tejeda y Almijara, mitad malagueñas y mitad granaínas. Estas sierras forman un bello bosque de boj que corona La Maroma y ayer tenia nieves azules. Pero al oeste, las nieves de mi izquierda, las cercanas, son blancas y huelen a Tobalo y a pinsapo, nieves que serán las aguas para aliviar el asma cuando lleguen a Tolóx, que cargarán de zumo las naranjas y mandarinas cuando alcancen el Genal.
Por mi cara sentí el airecillo frío de la mañana y me lié la bufanda por la cabeza y por el cuello. Aún era temprano. El campo, embarrado por la lluvia, trasminaba a perfumes esenciales entre unos verdes limpios y nuevos, como de paraíso. Así, con este maravilloso paisaje empapado de febrero, cogimos la carretera que va desde Campanillas a Colmenarejo, la misma de La Fresneda, y fuimos dejando a la diestra Huertecilla Mañas y el camino a Betania.
Estábamos yendo en dirección a Almogía, pero sin llegar ni a Los Núñez ni al Ventorrillo Las Cruces, ni a la Junta de Caminos, porque tomamos el Carril de Quintana y fuimos, flanqueando el Arroyo Cupiana, en busca de Los Mora. Así fuimos internándonos en un paisaje que nos sacaba del mundanal ruido y nos arrimaba a La Fiesta, al pasado inmediato, al momento de una juventud que tenemos aún pronta en la memoria aunque lejana en el tiempo.
El Arroyo Cupiana corría limpio y con brío. El sol empezaba a calentar el campo, Pasamos por Lo Pládena, más conocido por la Casilla del Carpintero, y dejamos Salinas al otro lado del río. Corría un airecillo claro mientras pasábamos por la Finca Bendieta, por la Finca Don Carlos, por la de Josefina Gálvez de Haya, aquella buena señora que ponía su carro y más tarde su tractor al servicio de los vecinos cuando el arroyo no podía cruzarse de tanta agua… Se le llamaba a sus dominios Finca Quintana. Pasamos por el Cortijo de Pilar y avistamos a la derecha Finca Echevarría. Dando un giro de 180 grados, dejamos a un lado la Casilla de Carlos y Los Villegas. A la izquierda dejamos Finca Morales. Y pasamos Finca Capitán -capitán de los Reina, que en Los Núñez hay otra Finca Capitán-.

Pronto dejamos atrás la Finca Capitán y volvimos a cruzar el arroyo. A la izquierda ya divisamos el cartel de madera que nos indica dirección hacia Los Mora. A la derecha, un poco más adelante, se encuentra la Finca Libreros.
Seguimos la carretera hacia Los Mora hasta un punto que llaman “El Jundiero”. Allí, bajo una encina con los pies cubiertos de palmitos, se encuentra un recordatorio de azulejos, una bella cerámica que nos recuerda a todos donde nace la Fiesta que hoy conocemos como “de Almogía”. Con textos de Andrés Jiménez Díaz, sin firma pero con su marca de agua clara, amor a la Fiesta y entrega a Málaga, nos dice sus características, su historia, sus formas genuinas, las de la Fiesta de Los Mora, hoy llamada Estilo de Almogía.
Cuando la Fiesta de Verdiales de este lado de Málaga se llamaba La Fiesta de Los Mora, antes de que nacieran los encuentros oficiales, ni los tres estilos, ni los cuentos que se han hecho casi verdad para los que no conocen ni han vivido la otra historia de la Fiesta, la de la verdadera fiesta, milenaria y familiar, cuando era comunal y tan propicia para encuentros... Encuentros vecinales, familiares y amorosos que la fiesta creaba, dejando verdaderos vínculos de amistad, de compañerismo y de amor.
Unos metros más arriba, sin dejar el camino, a la derecha tenemos una fuente cristalina que no deja de manar en ningún momento, entre palmitos y culantrillos, la Fuente de Gálvez. Se accede a ella despues de pasar bajo un algarrobo que confiesa sus años en el tronco, bajo un olivo, ambos con sombra centenaria, situados a la izquierda del camino...Todo el paisaje está adornado de flores, salpicado del color de vincas y caléndulas… malvas, azules, amarillos, naranjas, sobre mil tonos de verdes. Y un agua dulce y clara que brota de la piedra milenaria, con un frescor antiguo que ya creía perdido…
Paralelo al Arroyo Los Mora –aún estamos en la pedanía- quedan varias casas frente al abandonado molino de aceite de La Chorrera que acogía en su molienda la aceituna de todos los alredores. Lugar a lo antiguo, que también fue barbería, centro de reuniones y otros menesteres, pero donde hoy careaba una bestia entre sus ruinas, rebosantes de malvas y jaramagos, buscando sus yerbas preferidas. Sobre La Chorrera, el Tajo de los Reales.
Allá, en la parte alta de una loma, había hace algunos años una ermita, la Ermita de la Loma, adonde se reunían los fiesteros por Navidad en los siglos pasados. Abajo, en el núcleo de casas de la pedanía, había una antigua escuela rural que albergaba debajo otro molino de aceite, el Molino de Joaquín
.
Aún se puede respirar la dulce armonía de Los Mora. El tiempo allí pasa por otro reloj, más verde, más de agua, más intenso pero menos ruidoso. Un tiempo que tiene que ver con las estaciones, con las costumbres, con las cosas primordiales de la vida. En Los Mora, antes de que todos tuvieran coche o moto, en otro tiempo no muy lejano, se reunían los vecinos dos veces al año, por San Juan y por Santiago Apóstol, o sea, el 24 de Junio y el 25 de Julio. Por entonces las fiestas de Diciembre debieron ser muy duras, a veces se quedaban aislados las dos mitades en que convierte el arroyo a Los Mora. Entonces, para proveerse de víveres, debían hacer 7 u 8 kilómetros hasta Almogía por sitios en los que el arroyo cogía otro camino.
Canasto, uno de los fiesteros con más carisma que ha dado la historia reciente de los verdiales, nació en el Barranco de Zafra, término de Almogía, vivió en La Chorrera, en Librero, y dejó la vida en la calle Fernando Sor, en pleno centro de Los Mora.
Manuel Reina Olmedo, nieto de Juan y sobrino nieto de Pedro Reina, uno de los primeros que introdujo el violín en la fiesta de estos pagos, también se ha criado por aquí. Manuel es un fiestero emblemático, que fuera alcalde de la Panda Matagatos, lo es hoy de la Panda de Teatinos.
La abuela del escritor Andrés Jiménez había nacido en el Arroyo de los Olivos -afluente del Arroyo Cupiana,- frente al Pilar, pasado Echevarría, Josefa Aranda Santos...
.jpg)
Los Porras, los Gutiérrez, Los Reina, Los Luque… Los Mora…tantos fiesteros extraordinarios bebieron del agua de Galvez...
Viva Málaga. ¡Arriba la Fiesta!
A la vuelta veníamos callados. Digerir tanta belleza requiere de rumia en silencio. Mi corazón venía prometiéndome que volveríamos, aunque yo no me vine. Algo de mí quedó por el arroyo, entre juncias y aneas, admirando el milagro.
Desde www.flamencoenmalaga.es Mariví Verdú
Fotos: Jesús González para Archivo FeM